Papaki Yoga

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El primer año de madre

Posted by Talina Gonzalez on Sep 12, 2016 2:02:46 PM

Mi hija y yo salimos del hospital una mañana helada de finales de diciembre. Envuelta en una cobija café de búhos juraba que se me rompería en los brazos si la movía. Las primeras semanas con un recién nacido son interminables y poco a poco me fui acostumbrando a tener los pechos de fuera día y noche, a mojar toda mi ropa de leche y cubrirme diario de vómito. Entré en pánico una y mil veces a sabiendas de que la vida de ese pedacito de carne, pelos y huesos, de escasos tres kilos y medio, dependía cien por ciento de mí. Y fue cuando me descubrí más vulnerable que ella, más frágil, más asombrada y temerosa.

Tareas sencillas se vuelven monumentales.

Cortar sus diminutas uñas, cambiarle los aretes, limpiarle la nariz y hacer que eructe, pueden ser las tareas más difíciles que hice hasta el momento. Claro, le corté un par de deditos en el intento, luché contra su enojo cada vez que usaba la perilla de los mocos y me frustré incontables veces cuando habían pasado veinte minutos de golpecitos en la espalda sin lograr sacar ni un solo sapito. “Soy la peor madre del mundo, no puedo ni sacarle el aire a mi hija”. Y así me topé con mi jueza interior que mide a menudo qué tan buena o mala madre soy contra una escala que yo sola inventé y que no tiene ninguna validez pero la traigo aquí cargando en mi cartera.

Me acostumbré a bañarme poco y a hacerlo en cinco minutos con la puerta abierta cantando una canción, con un ojo en el jabón y otro en mi hija que a veces me esperaba paciente y otras gritaba como si en la regadera se acabara el mundo para ella.

Entendí que hay momentos y personas para cada etapa de la vida. Cuando me convertí en mamá, la mitad de mis amigos se fueron. Es difícil entender que en mi refrigerador se cambiaron las cervezas por las bolsitas de leche materna; que mis fines de semana son igual a cualquier martes o miércoles, que mis noches se tratan de bañar a mi hija y luego darle de cenar y acostarla esperando con todas mis fuerzas que esta noche sí la duerma de corrido. Que las rutinas son indispensables en nuestras vidas ahora y que entre más predecibles sean las noches, es mejor. Desvelarme de fiesta se volvió el último de mis intereses porque además, aunque quisiera, seamos honestos, uno no puede jugar, hacer de comer, cantar, bailar, cambiar el pañal y volver a empezar desde las siete de la mañana y por el resto del día.

Desde entonces nada en mi casa es mío.

En mi cama hay una de sus cobijitas y un mono; el tapete tiene una sonaja, un pingüino, un xilófono, una canastita; la cocina tiene cucharitas y platos de muchos colores; en mi baño hay una tina con un barquito y un pato de hule; ella está en todas las esquinas, como debe de ser. Y en estos andares, también aprendí a amar y disfrutar las pequeñas cosas, los placeres simples. Como ella, que teniendo un dragón de peluche con veintidós colores, siete texturas, nueve sonidos y una canción, ella prefiere jugar con la etiqueta.

Y así se fueron pasando los días en lo que todo era muy nuevo, muy complicado, muy fácil, muchas lágrimas y risas (de ella y mías), mucho sueño y mucho apego. Me sigue mirando en franca complicidad, esa que quedó sellada el día en que empezó a existir en mi vientre.

Se fueron los días en que no me encontraba en ningún lado; ahora me reencuentro, me redefino y me reinvento como madre.

Sigo siendo esposa, hija, profesionista, hermana y amiga; pero sobre todo y ante todo, mamá. Encuentro que la responsabilidad y la alegría más grande que tengo en la vida es criar un ser amoroso, compasivo y respetuoso, pero sobre todo feliz. Porque ella será mi legado por mi paso en esta tierra.

El amor y la felicidad hoy tienen otro significado. Uno que incluye risas, babas, lágrimas, ropita sucia, comida en el piso, un manual de explicar y redescubrirlo todo, un idioma nuevo, una satisfacción sin igual al saber que mis brazos son el lugar más seguro de todos en la vida de mi bebé.

Ya se cumplió un año y aun no sé nada de esto. La maternidad es una cosa de prueba y error. A mí me fue muy bien con la mía, y espero que mi hija un día me tome como referencia, así como lo hago yo con mi mamá.


 

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